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Inés Gutiérrez: «El espacio urbano no solo refleja las relaciones de poder, sino que también las moldea»

Inés Gutiérrez Cueli es doctora en Antropología Social. Sus trabajos se desarrollan en el ámbito urbano y feminista, aproximándose a las relaciones entre las experiencias de clase social, el género y las políticas neoliberales. Trabaja en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y participa en diversos grupos que tratan de pensar colectivamente la ciudad, las desigualdades que se anudan en ella y la construcción de alternativas posibles. Acaba de publicar el libro “Venir de barrio. Estrategias familiares, espacio y clase en los PAU de Madrid” (editorial CSIC), donde recoge los hallazgos de su investigación etnográfica en los nuevos barrios de urbanizaciones madrileños.

Como antropóloga social, ¿cómo defines la relación entre el espacio construido y la experiencia humana? ¿Y cuál crees que es el papel de la arquitectura en la formación de identidades individuales y colectivas?

Para entender la relación entre el espacio y la experiencia humana, me gusta recurrir a Henri Lefebvre, el filósofo francés. Él plantea que el espacio construido es tanto un producto de la sociedad como un productor de relaciones sociales. Esto se ve claramente al observar diferentes épocas históricas, donde cada sociedad ha creado ciudades que reflejan sus contextos sociales, económicos y culturales. Por ejemplo, si nos vamos a cualquier época histórica, veremos cómo esas sociedades han producido un tipo de ciudad, un tipo de espacio urbano. Observamos la ciudad medieval y, luego, la ciudad moderna, como las reformas de Haussmann en París, que transformaron completamente la ciudad para adaptarse a las nuevas necesidades sociales, económicas y culturales de la época.

El espacio urbano, además de ser un producto de la sociedad, también tiene la capacidad de producir determinadas relaciones sociales e identidades. No es una estructura rígida sobre la que los seres humanos caigan sin poder transformarla; al contrario, es flexible y se puede modificar. Esto se evidencia en los parques urbanos, donde los caminos establecidos a menudo no son seguidos al pie de la letra por las personas, quienes crean senderos nuevos según sus necesidades. Un ejemplo cotidiano es cuando la gente cruza por la tangente para llegar más rápido a una parada de autobús o a una fuente, demostrando cómo el espacio urbano es transformado constantemente por sus habitantes.

Este proceso de transformación muestra que el espacio urbano no solo refleja las relaciones de poder y la organización social de la época en que fue creado, sino que también es un campo de posibilidades donde se desarrollan nuevas relaciones sociales y experiencias. En resumen, el espacio construido no solo es un producto de la sociedad, sino que también contribuye a moldearla.

¿Qué desafíos enfrenta la antropología social al estudiar el entorno construido, especialmente en términos de acceso a datos y comprensión de las interacciones complejas entre las personas y su entorno físico?

El principal desafío es entender cómo se producen y habitan los espacios urbanos. No se trata de inventar algo nuevo, sino de profundizar en la comprensión de la relación entre espacio y vida cotidiana. Las y los antropólogos y sociólogos a menudo son solicitados para actuar como políticos o arquitectos, pero nuestro aporte principal es el pensamiento crítico: comprometernos con investigaciones lo más certeras y exhaustivas posibles. Podemos ofrecer diagnósticos detallados sobre cómo viven las personas, sus experiencias y desigualdades, que sirvan como base para debates sociales y políticos y para replantear ciertas cuestiones urbanísticas.

No somos políticos ni arquitectos, pero podemos ofrecer una comprensión profunda de cómo las personas interactúan con su entorno y cómo este influye en sus vidas, siempre atravesado por relaciones de poder. Esto puede servir de base para que las y los arquitectos, urbanistas y políticos tomen decisiones más informadas y justas.

En mi investigación en Madrid, por ejemplo, he reflexionado sobre cómo nuestras observaciones pueden ayudar a entender mejor las desigualdades y subjetividades que se generan en los espacios urbanos. Estos diagnósticos pueden ser utilizados por la sociedad civil para plantear reivindicaciones y por los profesionales del urbanismo para reconsiderar aspectos del entorno construido.

En definitiva, y como mencionaba antes, nuestro papel es ofrecer una visión crítica y detallada de la realidad social, que pueda servir de fundamento para el debate y la toma de decisiones en políticas urbanas y planificación arquitectónica.

En mi investigación en el PAU de Carabanchel, viví allí durante dos años para comprender mejor las relaciones sociales y el habitar cotidiano.

¿Qué métodos o enfoques utilizas en tu investigación antropológica para explorar la intersección entre el espacio construido y las prácticas sociales de las comunidades?

Utilizo la etnografía, que implica participar en la vida cotidiana de un grupo social para entender sus puntos de vista y experiencias. En concreto, es un conjunto de técnicas de investigación que nos permiten estar muy presentes en la vida social de un grupo o comunidad, observando y participando en sus actividades diarias. Para la antropología es crucial entender las experiencias y emociones de las personas en su cotidianidad, porque es allí donde se revelan las dinámicas sociales más profundas.

En mi investigación en el PAU de Carabanchel, viví allí durante dos años para comprender mejor las relaciones sociales y el habitar cotidiano. Me mudé a dos urbanizaciones distintas y, además de realizar entrevistas a vecinos y vecinas, mi experiencia como residente me proporcionó una comprensión más íntima de cómo se viven y se organizan estos espacios. Esta inmersión en la vida diaria del barrio me permitió observar directamente cómo se desarrollan las relaciones sociales en el contexto del entorno construido.

Además, la observación participante me permitió entender las rutinas y prácticas cotidianas de los residentes, así como las diferencias y similitudes en sus experiencias. Por ejemplo, pude observar cómo los vecinos utilizan los espacios comunes, cómo interactúan entre ellos y cómo se adaptan a las particularidades del barrio. Esto me ayudó a identificar patrones y a comprender mejor las dinámicas sociales que se generan en estos entornos.

Desde una perspectiva antropológica, ¿cómo crees que la planificación y el diseño arquitectónico pueden tener un impacto en la cohesión social y la inclusión de comunidades diversas en el espacio urbano?

La planificación y el diseño arquitectónico son cruciales para la convivencia y la socialización. Las ciudades están marcadas por una distribución desigual de recursos, lo que afecta las condiciones de vida de sus habitantes. La arquitectura y el urbanismo pueden contribuir a una ciudad más justa e igualitaria. Un ejemplo histórico es el urbanismo de la Transición en los años 70 y 80 en Madrid, donde movimientos vecinales, administración pública y arquitectos trabajaron juntos para mejorar los barrios según las demandas de los residentes. Un ejemplo notable es el barrio de Orcasitas, donde los vecinos y vecinas participaron activamente en el diseño de su entorno. Este tipo de colaboración puede generar ciudades con mayor justicia social.

En Madrid, por ejemplo, existe una brecha socioeconómica significativa entre el noroeste y el sureste de la ciudad, con diferencias notables en la esperanza de vida de hasta diez años entre barrios. Esta disparidad muestra cómo la organización urbana influye directamente en la vida de las personas. En este sentido, el urbanismo y la arquitectura pueden estar al servicio de esta desigualdad, perpetuando las diferencias existentes, o pueden contribuir a una ciudad más igualitaria.

Por lo tanto, es necesario aprender de pasadas experiencias que nos muestran que es posible construir ciudades más justas mediante un enfoque crítico en la planificación urbana. Considero esencial aprender de estas prácticas para enfrentar los desafíos actuales y futuros en nuestras ciudades.

Has aparecido en varios medios hablando concretamente sobre los PAU, que es una temática que también es central en tu libro. En el libro publicado en 2023, ‘Venir de barrio, Estrategias familiares, familiares, espacio y clase en los PAU de Madrid’. ¿Qué te llevó a investigar y escribir precisamente sobre esto, sobre las estrategias familiares y la experiencia cotidiana de los residentes en los PAU de Madrid?

Antes de nada, vamos a definir brevemente los PAU. Se trata de Programas de Actuación Urbanística, son desarrollos que se proyectaron en las periferias de Madrid en los años 90 y 2000. Tienen un urbanismo caracterizado por la baja densidad, con grandes urbanizaciones y pocos servicios públicos. Me interesaba cómo estos barrios dialogan con las transformaciones de la ciudad en tanto espacio físico pero también social

abordando el fenómeno de las clases trabajadoras que se mudan allí buscando mejorar sus condiciones de vida. Son movimientos residenciales que reflejan estrategias familiares para intentar vivir mejor en un contexto de urbanismo disperso.

En mi investigación, me interesaba entender cómo esta nueva forma de urbanismo estaba transformando no solo el espacio físico, sino también las dinámicas sociales y las subjetividades de los residentes, sus experiencias sobre el espacio y la clase social. Para que nos hagamos una idea de la dimensión, el PAU de Carabanchel alberga a unos 33,000 habitantes, una cifra comparable a la población de una ciudad pequeña.

Estos desarrollos han permitido que sectores de la clase trabajadora, que antes no podían acceder a este tipo de viviendas, se muden a estos nuevos barrios buscando mejorar su “calidad de vida”. Esto ha generado una transformación tanto espacial como social en las periferias urbanas, donde la gente busca nuevas oportunidades y mejores condiciones de vida en un contexto marcado por las políticas neoliberales y donde el mercado inmobiliario del momento ofrecía este tipo de productos.

Los residentes a menudo extrañan e idealizan la cohesión social y la vida de calle de sus antiguos barrios.

¿Cómo describirías la dinámica de reestructuración de las identidades colectivas en los PAU, a medida que los residentes se mueven entre su pasado en barrios obreros y la nueva vida en estas urbanizaciones cerradas?

Los PAU reproducen la brecha socioeconómica existente en Madrid, con los del norte teniendo mayores rentas que los del sur. Muchos de los nuevos residentes vienen de barrios obreros y mantienen una suerte de doble vinculación o doble pertenencia. Por un lado, valoran su barrio de origen y mantienen vínculos con él, al tiempo que se distancian de algunas de sus condiciones de vida y de sus habitantes. Por otro lado, el PAU supone una cierta mejora de la calidad de vida, aunque les ofrecen cuestiones como viviendas más modernas y espacios privados. Los residentes a menudo extrañan e idealizan la cohesión social y la vida de calle de sus antiguos barrios.

En los PAU del sur, como en Carabanchel y Vallecas, encontramos una continuidad sociológica con los barrios obreros colindantes. Los residentes a menudo describen su mudanza a un PAU como una mejora social pero también expresan nostalgia por la vida comunitaria de sus antiguos barrios. Muchos no querían irse, pero se encontraron con la falta de vivienda nueva y asequible en sus barrios de origen. Y aquí entran los PAU, que ofrecían viviendas nuevas, accesibles a través de cooperativas, lo que los hizo atractivos.

Esta dualidad se refleja en cómo los residentes mantienen vínculos con sus antiguos barrios, regresando los fines de semana para visitar a la familia, comprar en los comercios de siempre o usar los servicios de salud. Sin embargo, también perciben que han cambiado, y los describen con problemas de suciedad, conflicto y una mayor presencia de población migrante. Por otro lado, los PAU ofrecen una serie de beneficios, como viviendas nuevas y amplias, con garaje y ascensor, así como servicios privados dentro de las urbanizaciones como piscinas y parques, que suponen mejoras tangibles en la vida cotidiana. No obstante, estos barrios también presentan desafíos, como el aislamiento y la atomización, lo que lleva a los residentes a idealizar la vida social de sus barrios de origen.

Esta doble vinculación y las contradicciones que surgen en ella son clave para entender las estrategias familiares de mejora de la calidad de vida, lo que llamamos “estrategias familiares de reproducción social”, que desarrolló parte de la clase trabajadora en nuestro país. Pone de relieve el diálogo profundo que existe entre el mercado inmobiliario, las transformaciones del espacio urbano y las transformaciones materiales y subjetivas de las poblaciones trabajadoras en las últimas décadas.

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En tu estudio destacas que los PAU están diseñados con un enfoque que limita la movilidad sin coche. ¿Cómo perciben los residentes esta dependencia del automóvil y la falta de servicios cercanos?

Estos barrios consumen mucha superficie y están diseñados principalmente para moverse en coche, con escasos servicios públicos, distancias enormes y sin apenas tejido comercial y transporte público, lo que obliga a los residentes a depender del coche para cualquier actividad diaria. Muchas vecinas me contaban que usan el coche para ir al supermercado, al cajero o incluso al bazar más cercano. Esta dependencia del coche no solo es insostenible en términos ecológicos, sino que también genera importantes desigualdades porque la movilidad cotidiana depende de tu capacidad económica, o de tu edad, para mantener un coche.

Por ejemplo, los adolescentes y las familias que no pueden permitirse un coche enfrentan serias dificultades para moverse por el barrio. Esto es especialmente problemático para las viviendas sociales, donde los residentes tienen menos recursos económicos.

Sin olvidar que este modelo urbano no contempla las necesidades de movilidad en diferentes etapas de la vida, como la vejez o la adolescencia, cuando la dependencia del coche puede ser un gran obstáculo. Las madres con niñas y niños pequeños también enfrentan dificultades al caminar por el barrio. Aunque inicialmente usan el coche para todo, cuando salen a pasear con los carritos de bebé, descubren que las aceras no están diseñadas para peatones, las distancias son demasiado largas y la infraestructura es inadecuada.

En resumen, este urbanismo disperso y dependiente del coche no es adecuado para una vida de proximidad y crea barreras significativas para una movilidad inclusiva y sostenible.

¿Cómo podrían los urbanistas y políticos reorientar el desarrollo de los PAU para acercarse más al modelo de ciudad compacta y accesible?

Para los PAU ya construidos, es esencial invertir en servicios públicos y equipamientos. Esto incluye la construcción de escuelas, centros de salud, parques y otros servicios que actualmente escasean. Sin estas dotaciones, los residentes tienen que recurrir a servicios privados, lo que genera desigualdades económicas y limita el acceso equitativo a los recursos.

En cuanto a los futuros desarrollos urbanos, debemos reconsiderar la viabilidad del urbanismo disperso. Un modelo que no solo es insostenible ecológicamente, – como ya se ha mencionado -, sino que también fomenta una vida que en su cotidianeidad tiende a la atomización. Y esto, entre otras cosas, tiene consecuencias desiguales en función de nuestro género. Necesitamos promover un urbanismo que favorezca la proximidad, donde los servicios, el comercio y los equipamientos estén integrados en el mismo barrio. Esto permitiría a los residentes caminar o usar la bicicleta para realizar sus actividades diarias, fomentando una vida algo más comunitaria.

Es fundamental aprender de las experiencias pasadas y apostar por otros diseños urbanos. La colaboración entre profesionales del urbanismo, la arquitectura, las ciencias sociales y la sociedad civil es clave para desarrollar soluciones que respondan a las necesidades reales de los habitantes y promuevan una ciudad con mayor justicia social.

Este interés por las ciencias sociales es una oportunidad para fomentar colaboraciones interdisciplinarias

¿Qué recomendaciones darías a los profesionales del diseño y la planificación urbana para fomentar una mayor colaboración e integración entre la antropología social y la arquitectura en la práctica?

Cada vez más, desde el urbanismo y la arquitectura, hay una sensibilidad por entender cómo los seres humanos y las comunidades habitan y viven en la ciudad. Este interés por las ciencias sociales es una oportunidad para fomentar colaboraciones interdisciplinarias, siendo vital promover el diálogo entre disciplinas como la arquitectura, el urbanismo, la sociología y la antropología. Estos encuentros y diálogos entre disciplinas permiten aprender mutuamente y desarrollar soluciones más integrales y contextualmente adecuadas.

También es esencial escuchar a la sociedad civil organizada. Las asociaciones de vecinos, colectivos urbanos y movimientos sociales tienen un conocimiento profundo de las problemáticas locales y pueden ofrecer diagnósticos precisos y propuestas contundentes. Su participación en el proceso de planificación puede enriquecer el debate y asegurar que las soluciones respondan a las necesidades reales de la comunidad.

Hablando de nuevo sobre tu libro, ¿Qué te gustaría que los lectores se lleven de su lectura y qué impacto esperas que tenga?

Espero que el libro ayude a comprender cómo la difusión del urbanismo de baja densidad y los modelos de urbanización dialogan con las transformaciones recientes de la ciudad y también de las clases trabajadoras.

Quiero que los lectores y lectoras entiendan cómo estos nuevos desarrollos urbanos se relacionan con los cambios de la estructura social y espacial de nuestras ciudades. A menudo, se tiende a demonizar a los residentes de los PAU, considerándolos como aquellos que se han aburguesado. Sin embargo, es importante reconocer que estos movimientos residenciales, estas mudanzas de unos vecindarios a otros, forman parte de un proceso más amplio de transformación urbana y de las clases trabajadoras. Los residentes no eligen las condiciones urbanísticas, sino que actúan en un marco de limitaciones del mercado inmobiliario y las políticas urbanas. Es decir, actúan en condiciones (económicas, sociales, culturales, históricas) que no han elegido.

Espero que el libro también contribuya al debate sobre las políticas públicas y la planificación urbana. Es fundamental entender el impacto cotidiano del urbanismo disperso y abogar por modelos más sostenibles y justos. Los PAU ya existentes necesitan inversiones significativas en servicios públicos y equipamientos para mejorar la vida cotidiana de sus residentes y reducir las desigualdades.

Es importante repensar el modelo de desarrollo urbano. Necesitamos crear ciudades donde la proximidad, la sostenibilidad y la justicia social sean prioridades. Esto implica no solo planificar nuevos barrios de manera diferente, sino también reestructurar y dotar adecuadamente los existentes para asegurar que todos los habitantes tengan acceso a los recursos y servicios necesarios para una vida digna.



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